Solía decir mi padre que las personas están llenas de matices. A decir verdad no lo decía, pero siempre le he dotado a mi padre de un cierto conocimiento general para evadir la situación de exponer mis opiniones al público. Se puede decir, que siempre es mejor exponer las cosas en boca de otro, porque así nunca te equivocas, y hasta parece que razonas lo que te cuentan.
Nada más lejos de la verdad, la vida está llena de frases baratas, que se dicen para cubrir expediente; pero que por norma general no resuelven nada. Los últimos meses, la frase barata más escuchada en "mis 40 principales" es la de "Hay muchos peces en el mar"; que si bien es cierto, ayuda poco. Porque pescar a pesar de lo que digan, es difícil. Pero bueno, eso es harina de otro costal.
La cuestión es que hay que ser agradecidos, cargar a la espalda, y decir -Tienes razón, X. Gracias por la frase.- Sabes que pretenden ayudar, darte un clavo al que asirte, lanzarte una cuerda al vacío, aunque sepan a priori que sirve más bien de poco. Es un valiente ejercicio de empatía, de ponerse en el lugar del otro, salvando con mucho la distancia. Yo también lo he hecho, es algo innato al animal social que somos.
La argumentación retorcida ante el problema, tampoco sirve. Por una razón simple, dar explicaciones a problemas sólo produce inmadurez en él que los recibe. Lo que no te mata, te hace más fuerte; que dicen -Frase barata y en lata para degustar, queridos lectores.- Son tantos tópicos los que hay que desmontar, que se prefieren asumir y tragar con una buena sopa de fideos chinos.
Las frases baratas tienen dos objetivos, esperanza entre cínicos, mentir entre sexo opuesto. O se creen que al ligar están siendo innovadores, prodigios de creatividad, y literatos ilustres. Poetas y rapsodas de ripio fácil y bajo corte moral hay a montones. Deslumbran con verborrea fácil, se curten en gimnasio y ofrecen a precio de saldo discurso de venta de posibilidades, a chicas de mente ligera, curtidas en estos avatares, pero con ganas de carne hormonada.
Frente a éstos, también hay a montones, tipos de carácter afable, gilipollas, y con regusto a alcohol, que pierden la noche buscando una mirada de complicidad, una sonrisa que los llame, y que siendo las 6 de la mañana; se preguntan -¿Qué santos cojones hago yo en un sitio como éste?- como aquella canción de Ariel Rot.
En el fondo, los gilipollas, sabedores de su estupidez cambiarían su crítica ácida y su personalidad apabullante, por 20 minutos de ripio facilón de poeta rancio y repetido. Ganarían en dos cosas, lo primero; no tendrían que aguantar estoicamente las frases baratas a granel que tanto gustan de utilizar sus congéneres; y segundo no se pasarían la vida lamentandose de su mala suerte con las mujeres porque lo más probable es que ligarían más.
Pero, - Y si, de esto me quejo de manera amarga- como cojones pretenden que les demuestre quien soy, con chesbal de fondo y 20 rapsodas esperando su turno con el ticket de la carnicería en la mano. ¡Vive, el fracaso ilustrado!
A la conclusión que llegas, un domingo de resaca y hastio, es que el problema no son ellas. El problema es cuando te das cuenta que eres un puto inmaduro y esto lo tendrías que haber superado hace años. Pero, se cínico e hipócrita contigo mismo. Es el mejor placebo que te puedes dar.